Las mejores lecciones de Biología a veces llegan en una caja de zapatos agujereada, sobre una mesa de la cocina, observando durante semanas a unos pequeños gusanos que comen sin descanso hasta encerrarse en un capullo de seda.
En los años 60 y 70 se popularizó esta sencilla costumbre a través de la cual miles de niños y niñas descubrieron la metamorfosis, aprendieron que la vida tiene ciclos y comprendieron que también la muerte forma parte de ellos. Pero para mantener aquella pequeña aventura hacía falta algo imprescindible: hojas frescas de morera. Y también, al menos durante un tiempo, aprendieron a conocer los árboles que las daban.
Por eso hoy, los protagonistas son el moral (Morus nigra) y la morera (Morus alba), dos especies estrechamente vinculadas a la historia de Salamanca y también a la memoria sentimental de varias generaciones.
Cuidar gusanos de seda enseñaba mucho más de lo que parecía. Obligaba a ser constante, porque había que proporcionarles alimento todos los días. Requería paciencia. Exigía observar. Y despertaba la empatía hacia unos animales diminutos cuya supervivencia dependía por completo de quienes los cuidaban.
En los años ochenta aquella costumbre seguía muy arraigada. Los niños salmantinos desarrollaban auténticas estrategias para alimentar a sus gusanos. Los más afortunados recibían hojas traídas desde pueblos de la provincia y las conservaban durante días envueltas en paños húmedos dentro del frigorífico. Otros tenían que buscarse la vida en la ciudad. Y entonces comenzaba una especie de búsqueda del tesoro.
Cómplices de los niños de Garrido en los años 80
En Garrido existía un lugar casi legendario. Dentro de los terrenos de la estación del ferrocarril, cerca de las naves de mantenimiento, crecían un par de ejemplares de morera que abastecieron a generaciones enteras de escolares. No era precisamente el lugar más adecuado para las aventuras infantiles y los trabajadores ferroviarios solían espantar a los pequeños recolectores, unas veces por seguridad y otras quizá para proteger a los propios árboles. Pero aquello solo añadía emoción a la expedición.
A día de hoy estos árboles, casi olvidados, siguen vivos. En sus troncos es evidente el rastro años de deficientes cuidados: ramas arrancadas, tronchadas o mal podadas. Pero en sus hojas se aprecia el vigor de quienes quieren seguir creciendo todavía mucho tiempo. Entre sus copas, mirlos y otras aves se dan estos días un dulce festín con sus moras.
Cuando la misión junto a la estación del tren no daba resultado existía un segundo recurso. En el antiguo cuartel de Caballería Julián Sánchez «El Charro», situado en lo que entonces era la avenida Federico Anaya, crecían también algunas moreras justo en la entrada, por dentro de la valla.
Allí el método era distinto. No se trataba de robar hojas custodiadas por los soldados de guardia, sino que había que conseguirlas por persuasión. Pequeños y pequeñas se acercaban y trataban de convencerles para que arrancasen y les regalasen unas ramas para sus famélicos gusanos e impedir que murieran. A veces funcionaba, otras no. Todo dependía de quién estuviera de servicio aquel día.
Hoy ya no queda rastro de aquellos árboles del cuartel, desaparecidos junto con las instalaciones militares y en su lugar lo ocupa el conocido centro comercial cuya llegada llevó a cambiar hasta el nombre de la avenida. Pero permanecen en la memoria de quienes dependían de ellos para mantener vivos sus gusanos.
Una historia mucho más antigua
La relación entre las moreras y las personas viene de mucho antes. Desde la antigüedad estos árboles estuvieron ligados a la producción de seda, una actividad que tuvo importancia económica en España y también en Salamanca en los siglos XVIII y XIX.
El gusano de seda, Bombyx mori, se alimenta casi exclusivamente de hojas de morera. Por eso estos árboles fueron cultivados de forma sistemática durante generaciones. Incluso cuando la sericultura desapareció como actividad económica, los árboles permanecieron.
En algunos lugares de la provincia aquella relación llegó a formar parte de las costumbres locales. En Cepeda, por ejemplo, se arrendaban anualmente las hojas de las moreras para alimentar gusanos de seda.
Más allá de los gusanos de seda, estos árboles desempeñaron durante siglos una función social importante. En muchos pueblos de Castilla y León los morales llegaron a sustituir a los olmos como árboles de reunión. Su sombra fresca y densa los convertía en lugares naturales para conversar, descansar o celebrar encuentros vecinales.
No es casualidad que todavía hoy algunos de los ejemplares más impresionantes de la provincia aparezcan ligados a plazas, ermitas y espacios comunitarios. Salamanca conserva varios árboles monumentales de esta especie que merecerán reportajes propios en el futuro.
Diferencias entre moral y morera
Aunque suelen confundirse, el moral y la morera son especies diferentes. La morera blanca (Morus alba) fue tradicionalmente la favorita para alimentar gusanos de seda porque sus hojas son más tiernas y menos ásperas. Sus frutos suelen ser blanquecinos, rosados o ligeramente violáceos y tienen un sabor muy dulce.
El moral (Morus nigra), conocido en muchos pueblos simplemente como «la moral» o «morala», presenta hojas más rugosas y oscuras. Sus frutos alcanzan un tono morado casi negro y poseen un sabor intenso que muchas personas consideran superior, pero ambas fueron una golosina gratuita mucho antes de que existieran las chucherías industriales en cada esquina.
Quienes terminaban con las manos teñidas por el jugo oscuro de las moras maduras recurrían a un remedio tradicional: frotarlas con una mora todavía verde. De ahí surgió el conocido refrán que asegura que «la mancha de la mora con otra verde se quita».
Siguiendo el rastro de las moras en la ciudad
Aunque en la provincia contamos con moreras monumentales, la capital también mantiene buenos representantes del género Morus. Podemos encontrar dos en la Plaza del Corrillo, refrescando con sus copas a los turistas y dando un precioso toque verde a la Semana Santa salmantina cuando las procesiones pasan junto a ellas. También se pueden encontrar otros ejemplares en el paseo de Francisco Tomás y Valiente del Campus Unamuno; en el parque Miguel Delibes, frente a la gasolinera; y junto al Tormes, en la trasera del Museo de Historia de la Automoción, por poner algunos ejemplos.
Entre todos ellos destaca especialmente el ejemplar que recibe a los visitantes en el Huerto de Calixto y Melibea. No es el más espectacular de la provincia, pero sí uno de los árboles históricos más interesantes de la capital. Un superviviente de unos 80 años al que también le dedicaremos próximamente un capítulo propio de esta serie.
Merece la pena detenerse unos segundos cuando pasamos junto a una morera o un moral. Son árboles generosos que nos regalan sombra y nos endulzan el paladar. Durante siglos fueron punto de encuentro y centro de actividad social. Dieron sustento a nuestros gusanos (ya fuera con fines industriales o lúdicos) y siguen alimentando a numerosas aves. Son capaces de vivir más de un siglo y medio, e incuso hasta cinco, dependiendo de la especie y las condiciones.
Durante generaciones enteras nos han regalado tanto que es injusto que ahora algunos critiquen que sus ramas les estorban un día o que sus moras, ensucien la acera durante unas semanas.
Nunca les podremos agradecer lo suficiente que entre sus ramas todavía quede algo de aquella emoción infantil que sentíamos cuando encontrábamos, por fin, las hojas necesarias para mantener vivo nuestro pequeño ejército de gusanos de seda.
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Ficha del árbol
Morera blanca / moral negro
Nombre científico Morus alba / Morus nigra
Nombres comunes Morera blanca / Moral negro
Origen Morus alba: China / Morus nigra: Asia occidental
Altura Entre 10 y 15 metros, ocasionalmente más
Longevidad Habitualmente entre 100 y 150 años, aunque algunos ejemplares pueden superar ampliamente esa edad e incluso llegar a 500 años
Cómo reconocerlos Hojas alternas, dentadas y de forma variable. La morera blanca suele tener hojas más suaves y claras. El moral presenta hojas más rugosas y oscuras. Frutos agrupados, conocidos como moras
Floración Primavera
Fructificación Finales de primavera y verano
Usos tradicionales Alimentación del gusano de seda; producción de frutos comestibles; árbol de sombra en plazas y caminos; fabricación de morteros y otros utensilios con su madera; uso popular de las hojas en infusiones
Curiosidades La morera blanca fue fundamental para la industria de la seda; en algunos pueblos salmantinos, las hojas se arrendaban para alimentar gusanos; muchas personas aprendieron con estos árboles sus primeras nociones de metamorfosis y ciclos biológicos; el refrán popular afirma que «la mancha de la mora con otra verde se quita»
Fuente:
Artículo: "Los árboles que enseñaron biología a una generación de salmantinos." Publicado en https://www.salamancahoy.es/ por Ana carlos el 16 jun 2026. Consultado el 16 jun 2026.
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