Las mejores lecciones de Biología a veces llegan en una caja de zapatos agujereada, sobre una mesa de la cocina, observando durante semanas a unos pequeños gusanos que comen sin descanso hasta encerrarse en un capullo de seda.
En los años 60 y 70 se popularizó esta sencilla costumbre a través de la cual miles de niños y niñas descubrieron la metamorfosis, aprendieron que la vida tiene ciclos y comprendieron que también la muerte forma parte de ellos. Pero para mantener aquella pequeña aventura hacía falta algo imprescindible: hojas frescas de morera. Y también, al menos durante un tiempo, aprendieron a conocer los árboles que las daban.
Por eso hoy, los protagonistas son el moral (Morus nigra) y la morera (Morus alba), dos especies estrechamente vinculadas a la historia de Salamanca y también a la memoria sentimental de varias generaciones.